Muchos coches en el Día sin Coches

Aún hoy lo sabe poca gente, pero ayer, 22 de septiembre, fue el Día Mundial sin Automóvil. Una iniciativa que data del año 2000, comenzando a nivel europeo y extendiéndose a nivel mundial. Los británicos lo llevaban celebrando desde 1997. Actualmente y en la UE, este día está enmarcado en la Semana Europea de la Movilidad, dedicada al fomento de modos alternativos de desplazamiento en más de 1.500 ciudades europeas. Al final, en la mayoría de ciudades españolas, dicho fomento se reduce a un par de actividades sin mucha trascendencia. Mejor pinta tiene esta medida de Lillestrøm (Noruega), dando algo de dinero a peatones y a ciclistas en compensación por el dinero que ahorran al Estado.

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El Día sin Coches no fue muy secundado precisamente. ¡Oh! ¿Quién podía habérselo imaginado?

Evidentemente, plantear una iniciativa de día sin coches no ayuda per se. No ayuda si…

  1. la población apenas ha sido informada de que tal día existe;
  2. los usuarios de automóvil no tienen alternativas viables para sus desplazamientos;
  3. muchas personas no son verdaderamente conscientes del impacto ambiental del tráfico rodado.
  4. los usuarios carecen de motivación por tener necesidades más acuciantes y urgentes, como no perder un puesto de trabajo por escasamente remunerado que esté.

1. En efecto, prácticamente nadie en mi entorno tenía conocimiento de que el Día Mundial sin Automóvil tenía lugar el 22 de noviembre. Sí recordaban, a lo sumo, que tal día existía en alguna página del calendario. Muchos recibieron la noticia al ver el telediario… del propio día 22. Si pretendemos que la iniciativa sirva para algo, ¡qué menos que intentar que la gente la conozca!

2. En cuanto al segundo punto, es curioso cómo hemos sido siempre una potencia deportiva en el ciclismo en ruta (y no solo en Mountain Bike), cuando estamos a la cola de Europa en infraestructuras adecuadas para el uso de la bicicleta en ciudad y entre municipios. En el ranking de países más favorables a la bicicleta (Most Cycle Friendly Nations), España ocupa la vigésima tercera posición de la UE-27 (23ª de 27, ¡ole!), empatada con Portugal y únicamente por delante de Bulgaria, Rumanía y Malta.

No obstante, no todo es mala noticia. El consumo de bicicletas y su preferencia como medio de transporte está creciendo rápidamente en Europa. España, en este caso para bien, no es una excepción a este crecimiento.

3. A mi parecer, está muy arraigada la costumbre de asociar el grueso de la contaminación con las centrales térmicas y las fábricas humeantes –es decir, con fuentes estacionarias. La realidad es otra: esas fábricas y plantas de producción de energía suelen tener sistemas de limpieza y descontaminación que, por cuestión de tamaño y operatividad, son inaplicables en vehículos pequeños. Las directivas y propuestas de la Unión Europea, así como las leyes que surgen de la trasposición de las mismas en los países miembros, son relativamente estrictas con las fuentes fijas. Y, si bien se ha conseguido minimizar o eliminar el contenido en azufre de los combustibles para automoción y se han conseguido catalizadores muy buenos (entre otros logros), muchas opciones son impracticables en un coche: no podemos evitar emisiones significativas de material particulado (sobre todo en Diesel), solamente reducirla tanto cuanto podamos; no podemos capturar CO2; tenemos un límite en cuanto a la eliminación de hidrocarburos y monóxido de carbono, a saber: si eliminamos todo, tendremos grandes emisiones de NOx. Y viceversa. La solución pasa por usar coches eléctricos (pila de combustible), coches con biocombustibles, o, mejor aún, evitar usar el coche y disponer de alternativas.

Estación de préstamo de bicicletas en León. Fotografía: Rubén Ojeda.

En cuestión de óxidos de nitrógeno, el tráfico rodado es todo un protagonista. Y, por lo tanto, es un protagonista del smog (junto a otros contaminantes emitidos también por los tubos de escape), de la acidificación de las aguas y del efecto invernadero. Para el cambio climático, además de los mencionados NOx, los automóviles son los productores de, aproximadamente, un 30% de las emisiones de gases de efecto invernadero.

4. Sí, los ciudadanos tienen pocas motivaciones para preocuparse verdaderamente por el medio ambiente. Lamentablemente, muchos consideran el cuidado del entorno un lujo, no una necesidad. Un lujo del que preocuparse cuando se vive bien y se tiene mucho tiempo libre. Incluso cuando no se considera un lujo, no podemos negar que, en la realidad actual, hay mucha gente con necesidades a un plazo más corto. La sostenibilidad requiere de la prosperidad, y viceversa.

Tampoco ayuda la idea de asociar medio ambiente con limpieza. La contaminación no tiene por qué ser evidente; no siempre se manifiesta a los sentidos en forma de un olor desagradable, percepción de suciedad, dificultad para respirar o lágrimas en los ojos. ¡Ojalá fuera así! Bueno… no, porque bien fastidiados estaríamos. Pero, al menos, podríamos detectarla con una premura maravillosa. Es contaminación, no obstante, cualquier perturbación en un medio que perjudique el equilibrio, la vida de los seres humanos y el resto de los seres vivos: la emisión de un gas incoloro e inodoro que inicia la liberación de radicales, el vertido de algo que parece agua pero que tiene un pH igual a 1, un aumento o disminución de temperatura en un medio, la evaporación de una gran masa de agua… Todo eso es contaminación.

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