¿Levantarnos del sofá?

En su último viaje a Polonia, Francisco I dejó un mensaje interesante, excelente y, a mi juicio, ambiguo. Ha dicho que no hemos venido a la vida para pasarla en el sofá; al contrario, debemos intentar dejar nuestra huella, ser activistas y pensadores, conseguir un mundo mejor y una economía basada en la solidaridad.

Lo cierto es que suscribo las palabras del Papa, aunque yo mismo confieso que encuentro el atractivo de la comodidad. Es digno de elogio hacer proselitismo de la implicación con este mundo, con esta casa común, como yo mismo he hecho en otras entradas. Sí, levantarse e implicarse, de una forma u otra, con las generaciones futuras, con el medio ambiente y con las personas que en la actualidad pasan por una situación de exclusión social.

Sin embargo, nada bueno puede resultar si se pretende la transnaturalización del hombre. Hay que aceptar, como res facti, que todos aquellos vicios (aunque evitemos usar el vocablo vicio para evitar causar rechazo) que criticamos en la sociedad moderna no son nuevos: son tan viejos como la civilización y, de hecho, tan viejos como el homo sapiens sapiens, pues anidan en la naturaleza humana. No se puede conseguir la publicación de la vida. Sí se puede conseguir la implicación de cada vez más vidas en la cosa pública.

En prácticamente cualquier sociedad, estas tres categorías deben convivir y, en no pocas ocasiones, incluso conviven en la misma alma:

  • El activista, el político y el pensador: dedicaciones a las que aludía positivamente el Papa. El hombre de mundo, el hombre de estado, el hombre de escuela (o, evidentemente, la mujer). La persona que, de modos muy variados, pretende mejorar la sociedad y dejar un buen legado.
  • El individuo movido por el afán de triunfar, el que busca el éxito a un nivel personal. El motor de la acción es la recompensa: desde algo tan colectivo como la fama, el ser adorado por las masas (resulta paradójico que hablemos aquí de individualismo), hasta la acumulación de dinero, bienes materiales y experiencias sexuales.
  • La persona que busca el bienestar y la estabilidad en su entorno privado, sin apenas ambiciones egoístas ni ambiciones altruistas; con metas comunes que, generalmente, coinciden con las metas de sus padres. Esta persona valora en gran medida su vida privada. Su pan, su hembra y la fiesta en paz.

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Pues bien: nadie ha de pretender la supresión de las categorías segunda y tercera, pensando que son evitables o prescindibles solo porque no las encuentra en sí mismo.

Buscar el éxito personal no es malo per se. ¡En absoluto! Muchas personas han ayudado a muchas otras mientras buscaban poco más que enriquecerse. Sencillamente, hemos de evitar que eso sea el único fundamento de nuestra economía: ahora que la demanda no es mayor que la oferta, es imposible concebir que todo el mundo pueda tener un trabajo digno en un modelo de capitalismo liberal. Y hay que incluir a quienes queden excluidos.

Al hombre o mujer de sofá no se le puede quitar, en modo alguno, esa privacidad que tanto valora y que, a contrario sensu, hemos de proteger. Además, simplemente como consumidor juega un papel importantísimo: es posible persuadirle para que se comprometa en su consumo, eligiendo fabricantes destacados por su responsabilidad social y reciclando.

Sí, es excelente levantarse del sofá. Pero cuando te levantes, hazlo también por aquellos que prefieran seguir sentados.

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