Hacia una cultura de la sostenibilidad

Imagen destacada de esta entrada: Andrés Nieto Porras.

Una cultura es un cierto conjunto de hábitos, ideas, conceptos, técnicas, juicios estéticos y morales, modos de comunicación y pautas de comportamiento característicos de una sociedad o comunidad de personas.

La herencia cultural es uno de los principales rasgos que separan al ser humano de sus compañeros en el reino animal. El hecho de que haya sido y sea fundamental para la supervivencia, la multiplicación y la satisfacción de nuestra especie es concomitante con la falta de flexibilidad que, en menor o mayor medida, tiene toda cultura. Si es incluso un asunto de supervivencia, no puede ser tan fácil de cambiar.

La cultura tiene un lado bueno y un lado malo. Por un lado, es consecuencia de los aciertos y errores que se han acumulado durante miles de años por todos los que nos preceden en la sociedad. Tanto tiempo abarca esa experiencia, que la razón de una sola persona que viva en el mundo actual no puede juzgar la herencia cultural de una forma absolutamente certera.

Por otro lado, el mundo cambia, y cambian mucho los conocimientos certeros que tenemos sobre él. En casi cualquier cultura perviven muchos aspectos que son, con una alta probabilidad, destructivos, contrarios al fin último de la supervivencia humana, aunque en un principio fueran positivos y tuvieran su razón de ser. Dado que la cultura no puede juzgarse en términos absolutos, al decir que una costumbre es mala o debe ser sustituida no podemos tener total certeza, por lo que, a mi juicio, conviene hablar en términos de probabilidad o de comparación con otras culturas donde la experiencia con costumbres opuestas ha dado resultados positivos.

Hechas estas aclaraciones, voy a discutir qué aspectos culturales son insostenibles en los países desarrollados.

  1. Cuantos más bienes materiales, mejor. Esta idea es posiblemente la raíz de todo, y será la más difícil de extirpar. Tradicionalmente, tener más o menos propiedades ha sido cuestión de vida o muerte en muchos sentidos. Va llegando la hora de que nos alejemos de la concepción de que tener más nos hará más felices indefectiblemente. Tenemos necesidades materiales, sí. Pero también tenemos necesidades inmateriales y, en vez de adoptar valientemente un cambio de actitud, nos parece más cómodo pensar que también se satisfacen con bienes materiales.
  2. Mi país ya ha hecho suficiente, la culpa la tienen los demás países. Excesiva importancia de las fronteras. Los seres humanos tenemos fronteras y tendemos a darles una tremenda importancia. Los gases contaminantes, de efecto invernadero, etc., se difunden por la atmósfera sin prestar atención a esas fronteras. Los compuestos halogenados que contaminan las aguas tampoco entienden de territorialidad. Siempre que se pueda mejorar, la mejora está justificada. Cualquier contribución, por pequeña que sea, es importante. Del mismo modo, cada país debe involucrarse siempre que ocurre una catástrofe natural o un accidente grave fuera de sus fronteras.
  3. Triunfar en la vida a un nivel individual, pero recibiendo la aprobación de los demás, es nuestro objetivo último. Esto sería aceptable y correcto si lo entendiéramos en un sentido kantiano; quiero decir, entendiendo autónomo por individual. Por el deber y no por el fin de, digamos, ser reconocido. Pero eso no suele ser así en la mayoría de las personas. La concepción de triunfar está más ligada a que el vecino envidie tu coche, a que tus amigos envidien a tu pareja, a la sensación de tener poder sobre otras personas. No es un individualismo auténtico, sino un pseudo-individualismo heterónomo: el medio es individual (mi dinero, mi casa, mi coche), el fin está en los demás (su reconocimiento). Hay que cambiar el chip. No des tu aprobación gratuitamente, solamente porque otra persona la espere. Da tu aprobación a quien realmente la merezca.
  4. La especialización es el objetivo de nuestra formación académica, personal y laboral. La barbarie de la especialización es uno de los artículos de Ortega y Gasset recogidos en La rebelión de las masas. En el siglo XIX, y no sin razón entonces, Marx había dicho: El sistema capitalista no precisa de individuos cultivados, sólo de hombres formados en un terreno ultra específico que se ciñan al esquema productivo sin cuestionarlo (Miseria de la filosofía). Afortunadamente, las cosas van cambiando. Nos vamos dando cuenta de que especializarnos hasta las últimas consecuencias, sin prestar atención a otras disciplinas, es desaprovecharnos a nosotros mismos. Y, desde el punto de vista de un empleador, reclutar únicamente con base a los conocimientos y experiencia en una sola disciplina puede significar perder oportunidades importantes. He visto ejemplos de cuán maravillosamente pueden entrelazarse disciplinas totalmente distintas. Nunca creas que aprender es inútil.
  5. Tenemos, como consumidores, el derecho a ser exigentes al máximo. Sí, de acuerdo, esto es cierto. Y a menudo tiene consecuencias muy positivas: el consumidor muchas veces castiga a los vendedores y fabricantes deshonestos, que hacen publicidad engañosa, que venden productos de calidad cuestionable a precios altos, etc. Pero, a veces, esta exigencia no tiene un criterio, y se exige por exigir. Favorecemos un papel de calidad y con brillo, normalmente más contaminante, para aplicaciones que no lo requieren. Queremos que absolutamente todos los objetos de una misma gama luzcan iguales, incluso cuando la funcionalidad es independiente de la forma y el color. Priorizamos en ese caso los instintos, en vez de informarnos. En muchos casos, en el mercado existen o podrían existir alternativas más verdes y más baratas, pero nuestra propia exigencia las hace inviables. ¿Por qué no ser exigentes al máximo… pero en otro sentido? Evitar colaborar con productores de dudosa moralidad, por ejemplo.
  6. Producir, producir ante todo. Un legado de la Revolución Industrial que, afortunadamente, va dejando de cumplirse. Muchas empresas han situado la productividad como valor máximo: producir tanto como sea posible, gastando tan poco como sea posible. Esto genera acumulación de inventario sin vender, más residuos y, en realidad, menos beneficios para la propia empresa. Toyota se dio cuenta de esto hace pocas décadas. Y, desde entonces, muchos han imitado o adaptado su modelo de producir lo necesario, cuando sea necesario. Por desgracia, no todos se enteran.

Estos ejemplos pueden servir para los países del primer mundo. Quizá alguno de ellos tenga un origen más innato que por herencia, pero, con todo y con eso, está igualmente integrado en la cultura de una comunidad.

Para otros países, el desafío es incluso mayor. Una de las causas de la situación insostenible de Gaza es el gran crecimiento demográfico que tuvo la población gazatí entre los sesenta y los noventa, siendo común el tener más de cinco hijos por familia, y el tenerlos pronto. Es algo cuya insostenibilidad era predecible: una región pequeña, sin recursos… pero el factor cultural pudo más que la razón. Es importante que los países no desarrollados adopten formas de planificación familiar similares a las de los países industrializados. Y que las mujeres, que al fin y al cabo son las que paren, sean también las que deciden cuándo tienen hijos y si quieren tenerlos; y no obedecer ciegamente al criterio de su marido, de su padre o del líder religioso de turno.

Ahora que el conflicto de Gaza sigue sin un fin claro, no puedo olvidar añadir un defecto más que, probablemente, está demasiado arraigado en la mentalidad humana. Me refiero a que la intransigencia no solamente pervive, sino que, además, es elogiada a menudo. La intransigencia se disfraza de virtud con frases contundentes, como “No podemos ceder un ápice antes quienes utilizan la violencia para conseguir sus objetivos”. O: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Resultado cuando se aplica a Hamás: más de 700 inocentes muertos en Gaza, miles de personas sin casa, cientos de miles sin acceso a agua de calidad, etc. Este elogio de la intransigencia parte de la premisa de que el enemigo utiliza la violencia como una elección completamente contingente, cuando, en esas circunstancias, sería difícil imaginar otro escenario. La solución no puede ser militar, no puede consistir en perpetuar la violencia. La solución es la conciliación, es estar dispuesto a ceder cuando es necesario. Pero ceder es de cobardes. Lo verdaderamente valiente es generar aún más odio en generaciones futuras de gazatíes, para que no tengan nada que perder y la disuasión de los drones no sea efectiva en absoluto. Por supuesto.

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